Dv. nov. 27th, 2020

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Guerra contra el pobre

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ElSaltodiario Per Pablo Elorduy

Las medidas de rescate social están encogiendo varias tallas. La pobreza se sigue expandiendo. En este contexto, hay una guerra contra los pobres no declarada pero con distintas expresiones: okupas, prostitutas, profesoras, jóvenes. Todos esos grupos están señalados estos días.

El chico blanco sale de la escena con su fusil, andando tranquilamente. Las furgonetas de policía pasan junto a Kyle Rittenhouse sin molestarle. Se ha llevado un pequeño susto y dos vidas por delante. Un día más en la guerra civil global que se libra en cada palmo de tierra. En Kenosha, en el estado de Wisconsin, un joven de 17 años ha matado con su rifle de asalto a dos manifestantes. Los distintos vídeos que muestran a Kyle Rittenhouse abatiendo a Anthony Huber y Joseph Rosenbaum —las víctimas— recuerdan a las escenas de la saga La Purga. Violencia descontrolada contra los pobres, los negros, los no blancos.

En las fotos que se publicaron posteriormente, Rittenhouse parece el protagonista de una novela de Stephen King. Un zangolotino que salió “de caza” con el pretexto de defender escaparates y contenedores. Le espera un juicio, días malos, posiblemente algunos años de cárcel. Nunca será disparado por la espalda. No sentirá la rodilla de un agente de la ley apretando su cuello, ni la sensación de ahogarse contra el asfalto. Cuando salga de la cárcel, alguien de su cuerda le proporcionará un trabajo. Cerrará el paréntesis: un neonazi puede dejar de serlo o esconder que lo es. Un negro en Estados Unidos siempre será negro.

Los pensadores italianos Franco ‘Bifo’ Berardi y Donatella di Cesare han desarrollado desde hace años, por separado, el concepto de la “guerra civil global”. En todo el planeta, se extiende el lenguaje de la guerra. Las técnicas de propaganda de la guerra. “Las ideas mueven el mundo, pero no antes de transformarse en sentimientos”, escribió el pensador elitista Gustav Le Bon, que involuntariamente dotó al fascismo de una caja de herramientas para el siglo XX. Las batallas de esa guerra aparecen confusas: los sentimientos parecen ir antes que las ideas. Estas son reducidas a su mínima expresión: “ley y orden”. Lo dice Trump y lo repiten sus loros al otro lado del océano Atlántico. 

A raíz de la crisis del covid-19 queda claro que la guerra contra los pobres es una guerra en el nuevo contexto de escasez: la pandemia es el preludio de la crisis climática. Nuevas guerras del pan y del agua. No está claro hacia dónde va a producirse la ampliación del campo de negocio, y eso es francamente inquietante para los mercados financieros y para quienes tienen el poder. Una de las noticias insólitas de la última semana de agosto, de Bloomberg, explica que los milmillonarios del mundo han comenzado a acumular cash, dinero líquido. No hay una explicación convincente. La idea parece ser tenerlo todo dispuesto para comprar gangas en el momento preciso. Quizá para pagar servicios sin dejar rastro. El dinero no tiene claro dónde moverse. Hace un mes era al oro y la plata. Mañana, quién sabe.

El odio es el programa. La guerra es contra el pobre, pero esa idea solo funciona si no se explicita, si solo procede de sentimientos: contra las putas, las jornaleras, las personas desahuciadas o los jóvenes de los barrios. También contra el profesorado: “Durante el confinamiento les gustó comer y tener luz y había gente trabajando para ello”, dijo el 20 de agosto el consejero de Educación de la Comunidad de Madrid en los micrófonos de la COPE. Ossorio acusó de traición a la plantilla de la enseñanza pública. Localiza al enemigo. Tómate tiempo para apuntar. Dispara (las palabras clave).

En otra ráfaga llega la indignación del propietario que perdió 80.000 euros a causa de unos okupas —que profanaron las cenizas de su hijo—, sucede al pasmo que generan los okupas que se fueron de vacaciones a Ibiza (una historia falsa, qué más da). La sensación es que la cosa-vivienda se está descontrolando. Quienes pagan tienen una idea: vender más packs anti-okupas (alarmas, servicios) e introducir nuevas fórmulas de acceso a la vivienda que desvinculen los desahucios de los procesos judiciales, ya sea a través de la coacción por parte de grupos parapoliciales o de ingeniería crediticia (algo que explica @srtagalicia en este hilo de Twitter). 

La guerra humanitaria

La más grave, pero también la menos atemorizante, es una guerra de tipo administrativo. Burocrática. El drama lo expuso el relator de la ONU de extrema pobreza hace ya unos meses. Los papeleos impiden que las ayudas destinadas a los deciles más pobres de la población lleguen a las personas en situación de pobreza. La paradoja es que las medidas de apoyo se filtran con más facilidad a las clases medias, entre las que se encuentran esos pequeños propietarios a quienes va destinada la actual campaña contra la ocupación. Es más fácil optar a las ayudas para pobres si no eres pobre. 

Lamentablemente, el sistema aplicado para la puesta en marcha del Ingreso Mínimo Vital ha seguido la lógica de ese tipo de guerra humanitaria contra la pobreza. No hay motivos personales. El exceso de burocracia convierte la guerra contra la pobreza en guerra contra los pobres, siempre sospechosos de estar engañando al sistema. 

El 23 de agosto, varios autores defensores de la Renta Básica publicaban un demoledor artículo sobre el “desastre del ingreso mínimo vital”. Sus autores concluyen que “un Gobierno que no es capaz de remediar una situación socialmente tan crítica para millones de personas, es sencillamente un gobierno inútil para las necesidades urgentes y esenciales de la ciudadanía más vulnerable, un gobierno que no merece el menor crédito”. 

La medida estrella de Pablo Iglesias y su agenda 2030 se está estrellando en un momento clave para el devenir de la crisis. La obsesión del ministro de la Seguridad Social, José Luis Escrivá, y la ministra de Economía para que no se cuele ningún falso positivo en la lista de beneficiados por esta renta de emergencia ha terminado convirtiéndola en un laberinto de papeles, una renta condicionada con nula capacidad para equilibrar la desigualdad y peligrosa por cuanto su asunción por parte de todo el espectro político neutraliza cualquier posible reforma o el necesario reset de la medida que exigen los firmantes del artículo de Sin Permiso. En agosto, la Comunidad de Madrid ha aprovechado el caos en el acceso al Ingreso Mínimo Vital para intimidar, con una carta, a las perceptoras de la Renta Mínima de Inserción autonómica. Apunten.

Otra medida estrella que se descascarilla contra la realidad de la pobreza. El anuncio del cierre de prostíbulos, aplicado ya en cuatro comunidades autónomas. La noticia se recibe bien entre el feminismo abolicionista: es un primer paso para el objetivo de la erradicación de la prostitución, aunque esté determinado solo por la situación sanitaria. Belén Ledesma, trabajadora sexual, discrepa. Escribe: “El problema no se acaba con cerrar prostíbulos, el problema de base sigue estando, que es una sociedad con mucha pobreza femenina, una sociedad que maltrata a las mujeres en sus hogares, una sociedad patriarcal. Entonces, en vez de ir a solucionar la raíz, se tapa el síntoma. Así es como funcionamos y así de bien nos va”.

Rueda de prensa de las ministras de Educación, Política Territorial y Sanidad. Presentan la acción coordinada con las comunidades autónomas. Salvador Illa: “No concibo que un padre o una madre, o un tutor legal, lleven a un niño sabiendo que no está en condiciones a un centro escolar”. Illa pide seriedad. En España, uno de cada tres niños vive en situación de pobreza. Son 2,2 millones de criaturas. 2,5 millones de trabajadores ingresa menos de 8.400 euros anuales, es decir, son pobres. Hay que concebir que, en una situación desesperada para el empleo como la que vivimos haya niños y niñas que sean llevadas al colegio sin estar en condiciones. Pero, en vez de ir a solucionar la raíz, se tapa el síntoma.

La guerra contra los barrios

Sarah Babiker envía una postal desde su barrio de Madrid: “En Usera no se nos dan muy bien los récords, tenemos la mala costumbre de pujar por el pódium en rankings que nadie querría encabezar: que si desempleo, que si pobreza”. Los barrios del sur son un tema en el rebrote madrileño. La responsabilidad individual falla, dice la vicealcaldesa. El alcalde, José Luis Martínez Almeida, decide que lo más cauto es cerrar los parques a las diez de la noche. También lo decreta la alcaldesa de Alcorcón, del PSOE. Es a la hora a la que salen los jóvenes a ocultarse del calor y también del mundo de los adultos, los mismos que los señalan y les responsabilizan de la segunda oleada del virus. El parque es el ocio gratuito (descontando unas bebidas y una bolsa de pipas). En la ciudad faltan reactivos y los resultados de los PCR llegan tarde. Desvíen la atención de ese hecho. Los parques no mueven la economía, luego da igual que sean espacios abiertos, por donde corre el aire y es más difícil la transmisión del virus. Miren a esos jóvenes que pasan la tarde en el parque: para ellos no hay lugar.

Hay un elemento determinante de promoción personal. Ayer se llamaba Macarena Olona, hoy es Rocío De Meer. Cubren un programa global. De Meer busca el ángulo en el multiculturalismo. Lo escucharán en las próximas semanas muchas veces más: “estercoleros multiculturales”. Racismo y odio a los pobres, el fantasma del terrorismo y el toque de silbato que de comienzo a la caza. Señalan a los distritos con más población migrante. Apuntan siguiendo el mismo libreto supremacista que se ha interpretado esta semana en Wisconsin. Esperan a que se produzca el siguiente chispazo. Cualquier incendio dará la razón a la política pirómana. El último trago amargo es saber que, incluso aunque fracasen en su escalada de violencia contra nosotros podrán cerrar el paréntesis y dedicarse a los negocios de la gente respetable.

Descontada la propaganda de guerra, no ha habido ningún brote de violencia relevante desde que terminó el estado de alarma. Ni en barrios multiculturales ni en el Distrito de Salamanca. Pero puede que los haya. Las medidas de rescate social están encogiendo varias tallas. La pobreza se sigue expandiendo como una mancha entre más y más familias. El Gobierno afronta, entre la propaganda de guerra, una moción de censura en el que la percepción de inseguridad e incertidumbre jugará un papel fundamental. El “miedo ambiente” favorece el escenario para el desmantelamiento de la democracia. Quizá es verdad que el Gobierno solo puede improvisar ante una situación que se escapa de las manos, que es imposible preparar, pero hay que pedir que empiece a improvisar decididamente, no solo a través de propaganda, a favor de la mitad de la población a la que atraviesa la precariedad. 

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