Dv. nov. 27th, 2020

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El sindicalismo revolucionario ante la emergencia climática y el colapso civilizatorio

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CNT

El coronavirus ha mostrado muchas de las costuras del sistema capitalista, pero también nos ha distraído del gran problema que tiene este sistema productivo a corto plazo, a saber, la escasez de recursos materiales y energéticos. ¿Qué puede hacer el sindicalismo revolucionario frente a una situación más que probable de colapso civilizatorio? Aquí se realiza un breve análisis y algunas propuestas al respecto

Una partícula biológica, un virus el SARS-CoV-2, que oscila, y nos hace oscilar, entre lo vivo y lo muerto, ha demostrado todas y cada una de las debilidades del sistema productivo de nuestro mundo: el petróleo a futuros cotiza en negativo en EE.UU. mientras el barril de brent en Europa se desploma. En el Estado español cuatro millones de trabajadores están afectados por ERTEs y más de un millón se han ido al paro directamente. Se calcula que más de 20 millones de personas han perdido su trabajo en la Unión Europea y más de 30 en EE.UU. La situación en latinoamérica parece desastrosa, con un porcentaje muy elevado de población dependiente de la economía informal y que no puede sobrevivir si se ve obligada a quedarse en casa. Ocurre otro tanto en la India donde 1000 millones de personas han sido confinadas de la noche a la mañana, más de la mitad de ellas en situación de pobreza alimentaria.

El virus es la causa última de esta crisis. Pero la imposibilidad de consumir materias primas y energía (en el transporte y, concretamente en sectores como el turístico, y en la industria fundamentalmente) se revela como la causa próxima. Es el hecho de no poder salir a la calle lo que impide la “actividad normal”. ¿Qué ocurriría si la causa de que la actividad industrial, el turismo, el transporte, bienes como los ordenadores o los móviles, calefacciones o ropa, tuvieran una bajada drástica en su producción no fuera un virus sino la propia escasez de recursos naturales?

CRISIS CLIMÁTICA y RECURSOS

Probablemente tras esta crisis sanitaria, algunas sociedades consigan recuperar actividad económica, pero ya hemos atravesado una barrera, una pantalla, detrás de la cual nos espera un mundo de escasez donde no hay un retorno posible a la abundancia de nuestros días. Según varios estudios científicos ya hemos pasado el pico extractivo de multitud de materiales fundamentales para sostener la tecnología de nuestras sociedades y, en cuestión de pocos años, alcanzaremos muchos otros. En el año 2007 el periodista y pedagogo estadounidense Richard Heinberg acuñó el término Peak everything para describir este momento histórico en el que la mayoría de recursos materiales y energéticos están alcanzando sus picos. Pese a no ser un experto, captó adecuadamente la noción del proceso: en los próximos 10 años llegaremos al máximo productivo de la mayoría de recursos importantes para la economía planetaria.

¿Qué podemos hacer? La posición mayoritaria en los medios de comunicación de masas, en el sistema educativo y en buena parte de la academia es que la clave está en los comportamientos individuales: reciclar, no usar el coche y utilizar más la bici, promocionar el uso de energías renovables, etc. Hay una versión dura de este posicionamiento que aboga por cargar sobre las espaldas de los individuos, sin importar su origen social, el grueso de la obligatoria reducción del consumo energético que está por venir: se habla de gravar con impuesto indirectos (que no distinguen entre rentas) el consumo de carne y el uso del coche privado, fomentando a su vez el uso del coche eléctrico (un coche caro, disponible solo para rentas altas y que, además, es costoso en recursos), la limitación de la prole o, incluso, su prohibición o las sanciones por no reciclar. Es una corriente que, en algunos planteamientos, puede entrelazarse muy bien con la corriente de pensamiento neomalthusiana.

Pese a lo acertado del análisis, a saber, que la escasez ya está aquí, y que la reducción del consumo energético en general y de recursos en particular debe producirse, no podemos dejar de señalar el error que supone despreciar la desigualdad que existe sobre quién y cómo contamina. Según los datos recopilados en 2017 por Michael Eisenstein, en la prestigiosa revista Nature dentro de su serie “Nature Outlook: Energy transitions”, el 10% más rico de los EE.UU emite 50 toneladas de CO2 per capita (21,5 toneladas en Rusia, 19 en Alemania, 5 en China y menos de 3 en India, por ejemplo), mientras que el promedio de emisiones en el 40% con menos ingresos es de 8,5 toneladas (y es de 5 en Alemania, 4 en Rusia y no llega a 1 tonelada en China o india). También hay una mala noticia para aquellos que confíen en el progreso de la ciencia y de la técnica: las energías renovables también chocan frente a la limitación de materiales que tenemos y la electrificación masiva de nuestras sociedades (coche eléctrico, patinete eléctrico, calefacción, trenes, etc.) para suplir el vacío que próximamente dejarán los motores de combustión interna no va a resolver el problema. La sustitución de todo el consumo energético fósil actual por electricidad. Antonio García-Olivares y Joaquim Ballabrera-Poy, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con un artículo titulado “Energy and mineral peaks, and a future steady state economy”, demostraron que la total electrificación se llevaría por delante más de la mitad de las reservas del mundo de cobre.

CLASE Y SINDICATO

Por lo tanto, frente a la crisis ecológica en la que estamos inmersos, la visión de clase debe estar presente. El sindicalismo combativo y las organizaciones de base tenemos un papel decisivo que jugar en las próximas décadas para construir un contrapoder capaz de hacer frente a la austeridad generalizada que las élites querrán imponer a las clases populares frente a la inminencia del colapso civilizatorio.

Este sindicalismo combativo se debería pensar en asociarse con organizaciones sociales existentes como las asociaciones vecinales y de barrio, colectivos en defensa de la vivienda, grupos ecologistas, pequeños comercios, asociaciones en defensa de los derechos de las personas migrantes, etc. Todas las luchas de estos colectivos van a recrudecerse en cuanto el capitalismo entre en fase terminal debido a la crisis climática, sanitaria, social, energética (sistémica, en definitiva) hacia la cual su lógica depredadora y extractivista nos lleva. Ejemplos de ello no nos faltan: ; especulaciones financieras sobre los inmuebles de nuestros barrios, precios de las viviendas en núcleos urbanos por las nubes, expolio creciente de recursos naturales, políticas fronterizas más severas.

Las luchas sindicales y las luchas sociales en general van a ver sus objetivos, cada vez, converger de forma más evidente: la lucha contra la pérdida de biodiversidad, es una lucha sanitaria como han demostrado diversos estudios que relacionan el incremento en la probabilidad de nuevas pandemias y la pérdida de biodiversidad. Por ejemplo Kate E. Jones y sus colegas de la sociedad zoológica de Londres detectaron que, entre 1960 y 2004, el 60% de las nuevas enfermedades descubiertas tenían su origen en animales y postulan que la destrucción de su hábitat y la pérdida de biodiversidad están detrás de su aparición. Defender la igualdad de género es una lucha transversal que nos obliga darle la vuelta a toda nuestra sociedad porque los cuidados son el eje sobre el que pivota un sistema productivo y un capitalismo en fase terminal muy probablemente se valga de la distribución del trabajo patriarcal para extraer sus últimos réditos del capital. La lucha contra la turistificación y gentrificación de asociaciones vecinales y de barrio, al final, es una lucha por la justicia social pero, también es una lucha climática: el transporte y el hipercosumismo asociado al modelo productivo basado en el turismo es incompatible con la necesaria reducción de emisiones de CO2.

A diario entran en nuestros locales personas muy variadas con una problemática laboral que, en mayor o menor medida, se verá agravada en los próximos años. Debemos ser capaces de tener esa visión anticipadora y holística, que nos permita comprender que se avecina una crisis total del sistema capitalista. Una primera línea de defensa podría consistir en llevar a la negociación con la patronal, medidas que permitan frenar o paliar los daños que se producirán: creación de transportes colectivos o de transporte privado financiado por las empresas que, en todo caso, se indexen al precio del carburante; bonos para la compra de kits de autoconsumo; conciliación familiar, reducción de la jornada laboral y teletrabajo sin pérdida de salarios, etc.

También, pertenecer al sindicato debe tener un valor añadido, no únicamente debe proteger y mejorar las condiciones en los centros de trabajo, sino que debe alcanzar otras esferas de la vida. Los sindicatos de base debemos recuperar el rol de punto de encuentro y facilitador de sinergias entre nuestra afiliación. Por una persona afiliada con conocimientos de albañilería y construcción, tenemos decenas cuyas viviendas tienen construcciones con necesidades de rehabilitación. Por cada afiliada con conocimientos en nuevas tecnologías, tenemos decenas a quienes la brecha digital les está expulsando del mercado laboral. Por una persona afiliada con conocimientos en energías renovables y nuevas formas de consumo energético, tenemos decenas a quienes la pobreza energética les golpea de lleno. En definitiva, pese a que existen muchas personas con problemas, el sindicato puede ejercer de nodo de unión de potenciales soluciones. Fuera del sindicato son individualidades aisladas indefensas frente a la realidad cambiante y adversa, con el sindicato son potenciales miembros de una colectividad creciente y llena de posibilidades.

HACIA LO COLECTIVO

Pero aterricemos todo esto sobre algo concreto. Imaginemos. Imaginemos que una federación sindical con suficientes recursos económicos decide llenar el tejado de su local (o el tejado de un edificio vecino) con una miríada de paneles solares. De golpe, la federación se ha convertido en un productor local de electricidad. Evidentemente, sin nadie que la consuma, esto queda en el vacío. Sigamos imaginando. En la proximidad existen dos colectivos sociales y tres pequeños comercios que comparten alguna afinidad con la federación (respetan los derechos laborales, son ecologistas o es una asociación vecinal que lleva años luchando por dignificar el barrio). Hemos hablado previamente y les ha parecido buena idea liberarse de la red eléctrica y, pagados los honores por “tirar” nuestra red por el barrio, pasan a obtener energía limpia a precio de coste. Los afiliados pasan a conocer el trabajo de los dos colectivos sociales, pudiendo unirse ocasionalmente para aunar esfuerzos y, porqué no, tomarse algo en la tasca iluminada por luz combativa. La cosa funciona bien, y algunas comunidades de vecinos se interesan en el proyecto. Quizá tengan recursos suficientes, pero les falta la experiencia necesaria que ya tiene la federación. Los vecinos pasan a conocer al sindicato, que les alumbra, a los colectivos, que defiende el barrio, y al pequeño comercio ético local.

Lo colectivo empieza a imponerse sobre lo individual. La comunidad se construye con los ladrillos del apoyo mutuo, un mutualismo que, en el mundo hiperindividualista y nihilista de nuestros días, tiene que ser a la fuerza el del intercambio de favores, el del quid pro quo, el win-win. Al final, esta estrategia es siempre ganadora frente a la destrucción que proponen las élites.

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